Salam Mualikon a a todos mis amigos y amigas.
Ya sabreis por los mensajes del movil, que he vuelto de mi fabuloso viaje a Tanger. He vuelto con el consabido bichillo que ya esperaba pillar y ahora me encuentro un poco flojucha intentando adaptar mis tripas y mi cabeza a la realidad de mi casa, que no es poco.
Describir en pocas letras lo que he vivido allí va a ser difícil, pero voy a tratar de exponeros algunas de mis emociones antes de que se vayan desvaneciendo. Mañana empiezo a trabajar y las sensaciones de estos dias se irán apagando poco a poco.
Nada más bajar del tren ya empezaron a ocurrir cosas sorprendentes. Conecté en la parada del taxi con Maculca, una Magrebí de 40 años, guapa, soltera y modernísima, que iba a dejar a su hijo Salim de tres meses para poder trabajar en Barcelona. Con ella compartí el taxi, el cheking, los bultos, la espera, la paciencia, el control policial, la comida y los teléfonos para volver a vernos a su paso por Madrid. Ella me ayudó a salir del primer ataque de pánico cuando al llegar mi movil no tenia red y no aparecían mis amigos a recogerme.
Despues, ya a salvo con Ahmed y Seima, me vi recibida por un hermoso cántico de boda . A partir de este momento se puede decir que lo frenético y la quietud más absoluta han sido mis compañeras. La ghena estaba ya ese dia dispuesta para las amigas de la novia y una mujer dibujaba con gran pericia sobre nuestras manos adornos que hablarian de fiesta y boda. Mientras trabajaba, las mujeres más jovenes y las niñas bailaban a ritmo de pandero y flautas, invitándome a seguirlas. Imaginaros como bailan. Mueven lel cuerpo como no lo puede hacer nadie que no haya nacido en esta tierra. Me vi torpe e insegura, pero aun asi, se alegraron mucho de que me atreviera a seguirlas, creando momentos de complicidad que durarían toda mi estancia en esa casa donde conocí a mujeres de nombres tan dulces y hermosos como Navila, Saida, Shora, Sukeina, Fatima, Fatla, Seyma. Shina, Yuna ... Con cada una de ellas, ya tengo una historia para mi vida.
En esa casa, para mi, todo era extraño. Estaba llena de gente, familia o vecinos, muchos de ellos acostados en las bancas, ya que el momento de ponerse a comer era bastante incierto, asi que lo mejor era perderse en el sueño para no sentir el dolor del estómago vacío. Durante los dos dias siguientes, estaríamos condicionados a la carne del becerro que se mataría en el garaje de la casa. Fue realmente espectacular. El pequeño toro, abrumado por la música, los cantos y los gritos de la gente , fue degollado delante de todos con el mayor de los respetos. Me recordaba la matanza del cerdo. Comeríamos esa carne cuando estuviera preparada y desde luego, nunca antes de la medianoche. El Ramadán los prepara para estos casos, pero imaginaros mis tripas.... hasta que se acostumbraron, claro. Pero por lo menos los dos primeros dias pude hacer quilibrios con lo que habia en la nevera y alegré el tono de los matarifes con tres enormes tortillas españolas que agradecieron con aplausos y gestos universales.
Todo está pensado para la novia, quien ha de sufrir el martirio de la quietud más absoluta hasta parecer una estatua, bellísima, si, pero estatua. Primero es el dia de la ghena, vestida de blanco, cubierta con un velo y sentada durante más de seis horas junto a sus invitadas. Para amenizar, un grupo de seis mujeres vestidas de blanco la cantaban canciones ancestrales. Los hombres no podian entrar en esa sala. Solo mujeres. Todas quietas, todas con velo, todas tristes ... La novia tenia que llorar. Dentro de dos dias, dejaría su casa. Inexplicablemente, en la calle, los hombres tenian su fiesta que distaba mucho de ser como la nuestra. Asomándome a la ventana, los caballeros, sin ningun protocolo, movian su cuerpo a ritmo africano con una gran alegria. Además, hacia fresquito. Nosotras, arriba, sudábamos la gota gorda. De verdad.
Al dia siguente, la novia salía de casa, pero nadie podia verla. Se la metía en una especie de casita desde la puerta subiéndola a un caballo que la paseaba por el barrio acompañada de todos los amigos y vecinos. Fue una fiesta trepidante. Los ritmos eran salvajes y no paramos de bailar durante la hora y media que duró el paseo, en el que uno de los trabajos importantes era tener cuidado que la casita no se espanzurrara en el suelo
La gran fiesta de la novia se hizo en un salón fuera de casa. Estaba amenizada por un estupendo grupo mixto, cuyos hombres fueron obligados a tocar de espaldas a las mujeres por los condicionamientos de un grupo de mujeres sunis. En ese salón me vi rodeada de las mujeres más bellas que he visto. Todas ellas, habían abandonado el velo y recogido sus oros y vestidos más brillantes del armario. Las peluqueras habian hecho maravillas con los bucles, moños y maquillajes tan exagerados que no podias imaginarte que esas mujeres eran las mismas que viste ayer ocultas en sus telas sobrias y frias. Sin embargo, la gran belleza era exclusiva para la novia, quien como una estatua, bajaba por unas escaleras con los ojos cerrados adornada de perlas y brillantes. La pobre Nayoba tuvo que repetir esta historia tres veces, la última con el novio, con quien apareció subida en una bandeja de plata. Después, a las doce y media de la noche, nos sirvieron la cena que con todo lujo de detalles, comimos con las manos, como requiere el protocolo.
Al otro dia era la fiesta que debía dar el novio para recibir a su esposa. El vive en Tetuan y la cosa se complicaba. Tanto que la novia, preparada desde las 9, tuvo que esperar sentada y con el vestido de tul blanco hasta las 1.30 de la madrugada. En esta tierra el tiempo no existe. No hay prisa, no pasa nada. No se respetan los acuerdos, pero os aseguro que en esta ocasión el padre de la novia casi estampa al novio contra la pared.
Viajar por una carretera de Marruecos de noche, es toda una experiencia. Alli, los conductores no tienen normas. Solo se abren paso. Imaginaros la experiencia. En caravana y tocando el claxon como manda los cánones de la boda, conseguimos milagrosamente llegar a Tetuan a las tres de la mañana con alguna pérdida en el camino sin importancia (gasolina). Al llegar, los invitados del novio ya habian zampado. Menudo papelón. Cenamos sin ganas en una especie de apartado y a las cuatro, a bailar, a bailar como locos con una orquesta de hombres a la cara, con mujeres y hombres, con niños y ancianos. No me lo podia creer. Al fin una fiesta libre. En ese baile vi a la mejor danzarina del vientre que he visto tapada hasta las cejas. Ya vereis las fotos. Impresiona la chica. Luego, como los acuerdos se los pasan por el forro, dos coches de invitados que venian de Tanger se marcharon sin avisar y nos dejaron en tierra a cuatro pringados, con lo que hicimos un alarde de paciencia increible mientras conseguíamos a esas horas un taxi que nos llevara a casa. La vuelta, con los ojos ensombrecidos por el sueño, no dejó de ser una maravilla, al ver un hermoso paisaje de bosque y montaña cerca del mar, aún virgen y del que me imagino ya habran echado cuentas algunos de los especuladores españoles que ya no pueden vampirizar mas nuestra tierra. Ahora queda esta.
- La boda toca a su fin. Al levantarme a las dos de la tarde, la familia está agrupada y vestida con sus mejores galas para visitar a la familia de la novia y comprobar como está su hija. Yo ya no tengo cabida en ese espacio, por supuesto. Me quedo en la casa con El Basir y Mustafá (los criados de Saida -hay que ver-) y dos niños magrebis-españoles, a quien gustosamente les preparo una tortilla de calabacín que se han chupado los dedos. El hambre es que se hace a todo.
Bueno, pues ya veis. Todo ha salido como esperaba y aún mejor. He bailado como una loca, he abrazado, he besado, he cantado, he cocinado, me he vestido como una sultana, me he sobrecogido con la muerte, con la belleza, con la música, con la pobreza que a pesar de tanto brillo, sobresale en cada uno de los rincones de Tanger más allá de las zonas turísticas...
Esta viviencia me ha recordado mucho los tiempos de Madrid de los años sesenta. La vecindad amiga, las casas abiertas, la suciedad por la calle, las casas inacabadas, mucha música para acallar las ideas y las ideas, encerradas en su mayoria en esa llamada cotidiana de la mezquita que como entonces nuestro Angelus tratan de dirigir las acciones para que nada cambie a beneficio de los pobres. En el barco vi a Maculca echarse su último cigarrillo para evitar problemas, o a Navila dejar su hermoso vestido oriental con una pequeña abertura en el vientre, abandonado en el armario por imposición de su hermana mayor. O a Nohe fortaleciendo las tradiciones a pesar de que esta boda le ha costado una fortuna. O a Seyma, sacando de su armario un bañador especial que la cubria por completo para poder ir a la playa.
En fin. La historia del mundo, y en estas tierras, me temo, la salida hacia la libertad de ideas está aun muy lejana.
Espero no haberos aburrido. Para mi es mejor contarlo así. Es mucha historia y os puedo abrumar contándolo mal, que ya sabeis que lo mio no es la palabra hablada.
Espero veros pronto a todos.
Un abrazo -
Clara Bislama - adios.